domingo, 12 de junio de 2016

La importancia del ejercicio físico

Hoy tocaremos un tema básico para nuestra salud, hablaremos sobre el ejercicio físico; sus beneficios y que nos dice la Biblia acerca de esta actividad.

       El ejercicio físico es una actividad que requiere disciplina, requiere diligencia, requiere voluntad, y si tu voluntad es débil, la fortalece, requiere también dominio propio, perseverancia, resistencia. Por eso es que en la Biblia el apóstol Pablo hace mucha referencia a la preparación física de los atletas (1 Corintios 9:24-27, 2 Timoteo 2:5, 2 Timoteo 4:7, Hebreos 12:1), como una manera metafórica de ver la vida cristiana, pues todas estas virtudes que les mencione son necesarias en la vida espiritual.

       El ejercicio físico nos da múltiples beneficios para nuestra salud, por algo es una de las 3 piedras angulares (nutrición, tratamiento farmacológico y ejercicio físico) en el tratamiento de diversas enfermedades crónico degenerativas. El ejercicio físico nos ayuda a:

*Oxigenar mejor el cuerpo, pues se transporta más oxígeno en la sangre a todo el organismo, por lo que tus pulmones usan mejor el oxígeno y por ende se fortalecen tu corazón y tus músculos.

*Ayuda a disminuir los niveles de glucosa en sangre.

*Previene enfermedades crónicas degenerativas como la diabetes, la hipertensión arterial, el cáncer.

*Previene el envejecimiento prematuro.

*Fortalece el sistema inmunológico, es decir, te ayuda a aumentar tus defensas.

 *Cuida las reservas de calcio en tu organismo, por lo tanto te ayuda a fortalecer tus huesos y prevenir la osteoporosis.

*Aumenta el colesterol HDL (el bueno), el cual ayuda a disminuir el colesterol LDL (malo) y esto te protege contra una cardiopatía (enfermedades del corazón).

 *El ejercicio físico te ayuda a disminuir el colesterol total, el colesterol LDL y los niveles de triglicéridos!

*Después de los 30 años se comienza a perder el musculo en el cuerpo, por tanto el organismo empieza a quemar menos calorías, lo que provoca un aumento gradual de peso que conlleva a un sobrepeso u obesidad, por eso el aumentar tu ejercicio físico te ayudara a evitar la obesidad que va ligada a muchas enfermedades crónico degenerativas que ya te mencione anteriormente.

 *Al hacer ejercicio físico se producen endorfinas que mejoran tu estado de ánimo y tu humor, te sentirás feliz, relajado (a) y alegre.

*Disminuye el estrés (el estrés puede derivar a enfermedades del corazón, trastornos menstruales, problemas digestivos como gastritis, inflamación, dolor abdominal, colon irritable).

*Disminuye la depresión y la ansiedad, que como sabemos, estos dos son factores que nos pueden causar caer en tentaciones.

*Te ayuda a dormir mejor.

       Dicho esto, vemos que el ejercicio físico va más allá de una razón estética o superficial, el dedicarle tiempo a esta actividad es estarle abonando a nuestra salud física y mental, y recordemos que nuestra salud es también responsabilidad nuestra y no podemos tratar nuestro cuerpo como si no fuera algo valioso que Dios nos dio, pues también con él glorificamos a Dios.

       La Biblia no menciona específicamente a personajes deportistas o que hicieran algún ejercicio físico, pero a través de ella podemos ver como a Dios le interesa nuestra salud, de los milagros que Jesús hizo aquí en la tierra gran parte fue sanar a enfermos (Mateo 4:23), en Génesis se habla claramente sobre las provisiones de Dios hacia nosotros para tener una salud óptima (aire puro: Gen. 2:15, agua pura: Gen. 2:10, alimentos nutritivos: Gen. 1:29, ejercicio moderado: Gen. 2:15).

       La Biblia es muy clara en que debemos cuidar nuestros cuerpos (1 Corintios 6:19-20, Efesios 5:29). En diversos salmos y versos podemos ver el respeto al don de la vida y a nuestro cuerpo como una obra maravillosa de Dios (Salmos 139:14). Incluso la Biblia nos advierte en múltiples versículos sobre la glotonería (Deuteronomio 21:20, Proverbios 23:2, 2 Pedro 1:5-7).

       Sabiendo todo esto: ¿No sería una irresponsabilidad nuestra no hacer nada por mantener nuestra salud? Sanos servimos mejor a Dios y a nuestro prójimo, ¿No es cierto?, y, ¿Cómo nos mantenemos sanos? Ciertamente con buenos hábitos de alimentación y de ejercicio físico.

       Así que, no tiene nada de  malo que un cristiano se ejercite, pero, ¿Qué nos dice el apóstol Pablo sobre el ejercicio físico? La biblia dice:

1 Timoteo 4: 7-8 “No pierdas el tiempo discutiendo sobre ideas mundanas y cuentos de viejas. En lugar de eso, entrénate para la sumisión a Dios. «El entrenamiento físico es bueno, pero entrenarse en la sumisión a Dios es mucho mejor, porque promete beneficios en esta vida y en la vida que viene».” (NTV)

       Pablo no está negando los beneficios del ejercicio, ni dice que no tenga validez alguna; pero sí dice que el beneficio es limitado porque solo afecta el cuerpo físico en esta vida terrenal, en cambio, los beneficios a largo plazo de una buena relación con Dios son mucho mayores tanto aquí en el mundo como en la eternidad. Uno es valioso, pero el otro es de más valor.

       Hay que ponerlo en una balanza, y lograr un equilibrio entre ambos. Y, de acuerdo a lo que Pablo nos dice, no podemos permitir que el entrenamiento corporal cobre más importancia que nuestra relación con Dios. ¿Cómo podemos lograr este equilibrio? El punto de partida es examinar tu corazón y preguntarte: ¿Cuál es mi objetivo al comenzar una rutina de ejercicio físico? ¿Lo hago meramente por salud, o por vanidad? Y, ¿Cuánto tiempo le dedicaré a la semana?

       La OMS recomienda a niños y jóvenes de 5 a 17 años un mínimo de 60 minutos diarios de ejercicio físico de preferencia aeróbico, a adultos de 18 a 64 años mínimo 150 minutos semanales para mantener un estilo de vida saludable. Entonces, si le dedicas 1 hora al entrenamiento físico, lo correcto sería dedicarle mínimo el doble a tu vida espiritual. Si el caso es el contrario, debemos establecer bien nuestras prioridades; pues existen en nuestras vidas metas terrenales (nuestra educación, nuestra profesión, nuestros bienes, físico, etc.) y metas espirituales (el propósito de Dios en nuestra vida).

       ¿Cuánto tiempo le dedico a cada una? ¿A dónde se inclina la balanza?, ¿Cuál debe ser la prioritaria? Ciertamente nuestra vida es como neblina que pasa, dice Santiago 4:14, y nuestros tesoros aquí en la tierra son pasajeros (Mateo 6:19-34), entonces ¿Cuál atiendo primero y mejor? ¿Lo que me traerá satisfacción en esta vida (corto plazo), o lo que lo hará por la eternidad (largo plazo)?

       Cuidemos que el motivo de nuestro ejercicio físico no sea por vanidad, sino por salud; porque entonces estaríamos sembrando para la carne, no para el espíritu, y la Biblia también nos advierte sobre la vanidad (1 Samuel 16:7, Proverbios 31:30, 1 Pedro 3:3-4).

       Nada malo tiene que un cristiano se ejercite, mi consejo a ti es que tomes tu responsabilidad sobre tu salud y tu cuerpo, que es un regalo de Dios, pero no dejes que eso te distraiga y termines descuidando tu vida espiritual, tu comunión con Dios en oración y en Su palabra, tu ministerio, el propósito de Dios en tu vida. Mantente sano, sí, pero para Servir a Dios, a tu familia, a tu iglesia, a tu prójimo. Pues a eso vinimos en realidad (Mateo 20:28).

Por Bárbara Garibay

Evangelizando en el día a día

¿Sabías que a través de tu vida, das testimonio de Cristo? ¿Qué tipo de evangelismo estas llevando a cabo en tu cotidianeidad? ¿Con tu comportamiento, estás invitando a otras personas a conocer a Dios?

       En ocasiones, la palabra “evangelizar” ha sido pensada como una serie de funciones propiamente de pastores y líderes de ministerio en la iglesia, sin embargo, es un error pensar que evangelizar es un acto exclusivo de ciertas personas, puesto que todos formamos parte de la Iglesia de Cristo y es nuestro deber darlo a conocer en cualquier ámbito de nuestra vida.

       Según la Real Academia Española, Evangelizar es predicar la fe de Jesucristo o las virtudes cristianas. Por su parte, Predicar es propagar o extender una doctrina o una idea, haciéndolas públicas y patentes. En la gran comisión, plasmada en Mateo 28:19-20, Jesús dijo: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

       Esas palabras son para ti y para mí, a fin de que las tomemos día con día y demos a conocer las buenas nuevas a todas las personas que están a nuestro alrededor.

        Ciertamente, una vez que conocemos el poder y la verdad de la palabra de Dios, es indudable la transformación que ésta hace en nuestro interior, cambiando lo viejo por algo totalmente nuevo, modificando nuestra forma de ser, pensar y actuar; motivándonos a alcanzar todas las promesas que Él tiene preparadas para nosotros, permitiéndonos disfrutar de cada uno de sus detalles y bendiciones.  Es así como a través de la intimidad con Dios, podemos nutrirnos de su presencia, meditar en su palabra y reflejarlo en nuestra cotidianidad.

       El testimonio más fuerte que podemos dar, es con el ejemplo, mostrando que Dios es real y poderoso, puesto que ha hecho grandes cosas en nuestras vidas y quiere hacerlo con los demás también.

       No te preocupes si piensas que evangelizar es difícil, o si las personas te rechazarán, recuerda que la obra es de Dios, y nosotros somos instrumentos a su entera disposición para actuar de la manera que él mande, sabiendo que nada es en vano, y que la semilla de su palabra ha sido sembrada en el corazón de la gente.

       Como lo vemos en el nuevo testamento, evangelizar no es esperar que las personas vayan a una congregación para recibir el testimonio de lo que Jesús hizo en la cruz por nosotros, sino que nuestra responsabilidad como discípulos es salir de la “zona de confort”, empezar a predicar a otros lo que Dios ha hecho e invitarlos a que ellos también “comprueben cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” (Romanos 12:2).

       Esto puede llevarse a cabo en cualquier momento y en cualquier lugar, ya sea en la casa, escuela,
trabajo, gimnasio, parque, aeropuerto, oficina, en la parada del camión, o donde sea, verdaderamente Dios es muy creativo y todo lugar es propicio para que las personas tengan la oportunidad de escuchar el mensaje de esperanza y salvación.

       Recordemos que la manera en que muchas personas conocerán a Cristo, es a través de nuestro estilo de vida, por lo tanto es importante ser congruentes en lo que decimos y lo que hacemos, ser sensibles a las necesidades de nuestro entorno y capaces de extender una mano de ayuda al que lo requiera.

       La generosidad debe ser una carta de presentación, además del amor al prójimo, la integridad, el respeto, la amabilidad, el trabajo, la alegría, la buena voluntad.

       Una vez que las personas han tomado la decisión de aceptar a Cristo como su salvador personal, resulta necesario brindar oportunidades de crecimiento, esto es, invitar a las personas a que asistan a alguna congregación, que lean la biblia, que formen parte de células o grupos de oración, a fin de que crezcan en los principios bíblicos y tengan el apoyo de personas que tienen los mismos objetivos de vida espiritual.

       “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y, cómo creerán en aquel de quién no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” Romanos 10:13-15.



       Quiero terminar con estas palabras de la canción “No hay paredes” de Jesús Adrián Romero, verdaderamente reflejan que para Dios no hay límites: “Fuera del templo y la religión, por todo pueblo y toda región, entre la gente que vaga hoy, sin rumbo fijo sin dirección, entre las plazas de mi ciudad, en donde hay tanta necesidad, por todas partes te llevaré, pues no hay paredes que te puedan esconder”.

Por Maribel Sánchez

lunes, 21 de marzo de 2016

Vivir solo... en medio de todos

¿Cuántos amigos tienes? Una de dos, o no tantos como quisieras, o no tantos como piensas.

       En la actualidad tenemos un problema, el hombre vive cada día más aislado en un mundo con más de 6 mil millones de habitantes. Pero para explicar esto, primero necesitamos regresar unos cuantos años en el tiempo.

Un poco de historia.
       Si recordamos el final de la 2da guerra mundial, ubicamos algo que se le llamó “El muro de Berlín”, el cual dividió esta ciudad alemana en dos mitades, y más allá de Berlín dividió el país entero entre el capitalismo y el comunismo. Estos dos sistemas económicos y sociales son los que hasta la actualidad rigen a los países del mundo.
       No es mi intención preferenciar a uno sobre otro en este artículo, sólo explicar brevemente que mientras el Socialismo propone la repartición de los bienes entre los individuos que conforman una sociedad; el Capitalismo propone la propiedad privada, explicado por un niño, propiedad privada significa “esto es mío, mío y sólo mío, y no te lo presto porque no me da la gana”.  
       ¿A qué viene esto al caso? Fácil, desde que finalizó la segunda guerra mundial, el capitalismo ha sido el principal sistema económico en el mundo y se expande cada día más. Creando a pasos agigantados una sociedad donde cada individuo quiere cada día más para sí mismo.
       Seguramente has oído hablar del Neoliberalismo, mejor conocido por muchos como el “Capitalismo salvaje”, ya que su intención principal es ganar todo lo que se pueda sin importar el costo, ni por encima de qué o quién se necesite pasar. Es éste Neoliberalismo el que rige a Estados Unidos y México hoy día y sus efectos son fácilmente palpables en un país donde unos cuantos tienen todo el dinero, mientras las grandes masas tienen las pequeñas (y muy pequeñas) sobras.

Tú también, no te hagas.
       El tema del capitalismo lo mencionaba sólo como antecedente (el más moderno, mas no el único) de cómo comenzamos los hombres a individualizarnos cada vez más, y a pensar cada día más en uno mismo, y menos en los demás.
       La palabra de Dios dice ocho veces que ames a tu prójimo, y también incluye versículos donde dice que no levantes falso testimonio contra él (Éxodo 20: 16), que no lo molestes ni le robes (Levítico 19: 13), que no le mientas ni lo engañes (Proverbios 3: 28) y que no abuses de su confianza (Proverbios 3: 29), entre muchas otras cosas.
       A pesar de eso, y de que los pensadores seculares opinan que esta forma de pensar es natural entre los seres humanos (si no me creen, están los derechos humanos como prueba), todos los días son violadas estas reglas por gente que sólo sabe ver lo suyo.
       Esta forma de actual ha hecho que las personas nos encerremos cada vez más por protección o miedo a ser dañados. Las personas cada día tienen más miedo de tener una relación amorosa; y cada día pasamos frente a indigentes a los que nos les damos un solo centavo porque hemos visto muchos casos donde el indigente malgasta ese dinero. Y el común denominador en esto es la desconfianza.

Sólo en casa… y no hay fiesta.
       Hoy día los programas de televisión, las películas e incluso la música, nos dan la falsa sensación de estar acompañados, cuando en realidad estamos solos en casa. Una persona puede fácilmente pasar todo el día encerrado en casa viendo televisión sin sentirse mal de ninguna manera; esa misma persona no soportaría pasar todo el día encerrado sin música ni televisión de fondo. 
       La población ha crecido tanto que ya no vivimos en ranchos o aldeas, sino en ciudades; y esas escenas típicas donde uno salía a la calle e iba saludando a todos, se convierten en un simple caminar solo, sin saludar, e incluso mirando desconfiadamente a algunas personas que “no te dan buena vibra”.
       Retomando el ejemplo de la televisión; es muy triste (más de lo que parece) que haya millones de casas donde habiendo varios habitantes en ella, cada uno esté en una televisión distinta sin compartir palabras, miradas ni la habitación cuando menos. En algunas ocasiones esta escena se da, incluso cuando ambas personas ven el mismo programa.
       ¿Ya te estás poniendo a pensar en qué tanto convives con la gente que te rodea? ¿Con tus “seres queridos”? ¿Con tus amigos? ¿Qué tan firme es tu amistad con alguien a quien no vez más que a través de una pantalla de computadora? ¿Qué tan íntima es tu relación con una pareja con quien hablas sólo por celular?

Todos y ninguno a la vez.
       Esto último me lleva a una cosa más, las famosas “redes sociales”. Hoy en día todos tenemos una ¿No? Bueno, cierto es que no todos, pero cada día más gente se anexa a estas corporativas telecomunicaciones virtuales; desde ancianos cada vez más grandes de edad, hasta niños cada vez más chicos, poco a poco nuestra sociedad occidental modernizada se acerca más al 100% de población con red social.
       Algunos dicen nunca usarla, otros sólo por trabajo, pero lo cierto es que estás ahí y la utilizas ¿A caso estas cosas no nos están acercando por fin con los demás? ¿No son la solución perfecta? ¿No nos acercan a otros aun cuando nuestro tiempo, lugar u ocupaciones no nos lo permiten?
       Pues la verdad es que no, en lugar de lograr este utópico resultado, la realidad es que las redes sociales son separan cada vez más de nuestros semejantes. Al igual que la televisión, el gran número de “amigos” que puedes conseguir en una red social te da la falsa sensación de estar rodeado de gente, de sentirte importante o apreciado por otros, cuando en realidad, ni el 10% de ellos te ayudan en una emergencia o te visitan en el hospital.
       Lamentablemente los “likes” y “retwiteos” ni significan amor, ni siquiera aprecio. En verdad las redes sociales dan la plataforma perfecta para la individualización, es decir, creer que convives con todo mundo cuando en realidad te aíslas a ti mismo en un celular; te encadenas a un aparato y dejas de ver a los que sí se encuentran a tu alrededor, al hermanos que se sienta junto a ti, o al niño que te admira queriendo ser como tú.

En fin, qué le haremos.
        Como siempre, la única solución para romper con esta cadena de individualismo es regresar a Dios y su amor. Aquel que tiene a Dios es capaz de amar, y aquel que no lo tiene no puede amar a su prójimo (1 Juan 4: 20-21).
       Tampoco es de sorprender esta situación actual, dice Dios que es normal que en los días finales el amor de las masas se enfríe (Mateo 24: 12), y es por eso que sólo los hijos de Dios podemos hacer la diferencia.

       Te invito a soltar esta revista y voltear a ver al que tienes a un lado, al que te necesita, a tu hermano, a tu prójimo. Si no quieres, no hay necesidad de ponerse cursi y darle un abrazo (aunque si es recomendable), pero háblale, conversa con el que sí está contigo y no con los del celular. Míralo a los ojos, demuéstrale que te importa. Haz la diferencia. 

Por Fernando Castro.

jueves, 9 de julio de 2015

La verdad y la mentira

Siempre le decimos a la gente que sea sincera, regañamos a los niños por mentir y alzamos la verdad como un ideal que todos debemos buscar; sin embargo ¿Realmente nos interesa la verdad o preferimos la mentira?

       Es obvio que en la sociedad actual, la mentira está cada vez más y más arraigada en nosotros. Es el pecado menos atacado e incluso, muchas veces, hasta permitido. Es probablemente que nos hemos acostumbrado tanto a mentir que nos parece correcto hacerlo en ciertas situaciones.

       Todo pecador siempre tiene la tendencia a justificar su pecado, de esta forma, hasta la mentira la hemos pintado de colores para justificar como “mentiras blancas” aquellas que tienen una finalidad bondadosa y que por lo tanto deberían ser permitidas.

       Puestos de trabajo como los políticos y periodistas saben que su trabajo depende en cierta medida de la mentira y que es inevitable para triunfar en su profesión.

       Del otro lado, los no políticos y los no periodistas, criticamos duramente a estas personas al ser descubiertos algunos engaños y salir a la luz pública. Los tachamos, juzgamos y criticamos; luego nos damos la vuelta y seguimos mintiendo entre nosotros como si nada.

       Centrémonos un poco más en el ámbito cristiano. Uno como hijo de Dios se supone que está exento de este pecado, pero en realidad es tan común que en ocasiones lo utilizamos para justificar pequeños errores que cometemos y los cubrimos con una “mentirijilla” (termino en diminutivo para sentir que no es algo tan grave).

       Empecemos por dejar algo en claro. En términos bíblicos, no hay medias tintas, las cosas son frías o calientes; el que no siembra, desparrama. Entonces, mentir y “no decir la verdad” son lo mismo. Ya que muchas veces también queremos cubrir la mentira justificándonos con un “yo no mentí, sólo no dije nada”. Así que bíblicamente, o dices la verdad o mientes.

       Pero ¿Por qué será tan difícil decir siempre la verdad para un cristiano? ¿No vive acaso Cristo en nosotros? La mentira es tan común que se suele considerar como el único pecado que todos los cristianos cometemos.

       Una de las principales razones por las que mentimos es para seguir siendo aceptados, teniendo miedo de que si la verdad saliera a la luz perderíamos el cariño o aceptación de alguien. Como el papá que no fue a la fiesta de su hijo y pone pretextos para justificarse con el niño.

       Otra (y probablemente la más antigua) es para no ser castigados. Como el niño que no lleva la tarea a la escuela e inventa una excusa para que no lo regañen. Digo que seguramente es la más antigua porque eso parece motivar a Adán y Eva en el Edén a desligarse de sus responsabilidades, pasándolas a Eva y a la serpiente respectivamente.

       Un motivo más que nos lleva a mentir, es pensar que le hacemos un favor a alguien ocultándole la verdad, creemos que la verdad le hará daño o la lastimará y preferimos mentirle.

       Pero centrándonos más en el primer motivo (la aceptación) parece influir mucho en los cristianos este punto. Es decir, hay un versículo muy importante en la biblia que es Juan 8: 32 que dice “y la verdad os hará libres” ¿Cómo nos hará libres decir la verdad? Puedo asegurar que todos cometemos pecados tan feos (ante nuestra forma humana de ver las cosas) que no quisiéramos que nadie en el mundo lo supiera. Pecados que llamamos “nuestros secretos”, y algunos hasta “mi pasado, el que Cristo ya borró”.

       Ahí sí nos sale lo bíblicos, para borrar el pasado. Pero dice la palabra de Dios que para que seamos perdonados necesitamos confesar nuestros pecados (Prov. 28: 13 y Sant. 5: 16). El Salmo 32 habla sobre la dicha y el gozo de ser perdonado por Dios, pero si uno presta atención hay ciertos versículos interesantes. El versículo 3 dice que mientras calló y encubrió su pecado, sus huesos se secaban; pero el versículo 5 menciona que decidió confesar su pecado y entonces cuando Dios le perdonó.

       Definitivamente todos merecemos la oportunidad de ser perdonados por nuestros hermanos sin importar lo grande que sea una falta. Si Cristo nos perdonó, quiénes somos nosotros para no perdonar. Pero para que el perdón venga, necesitamos confesar,  y es allí donde nos falla; muchas veces preferimos callar o encubrir con mentiras el pecado.

       La mentira es un pecado tan común que lo utilizamos para tratar de remediar otros pecados. En ocasiones mentimos y al ver en peligro la credibilidad de la mentira, volvemos a mentir para tapar el hueco; sin darnos cuenta que tantas mentiras no solucionan, sino agravan la situación.

         Recuerda mejor el caso deDavid al caer en pecado con Betsabé, mientras cubrió su pecado, sólo empeoró la situación, trató de engañar a un inocente y lo terminó por matar con engaños y trapas. Dios mismo lo buscó por medio del profeta Natán y no fue hasta que confesó su pecado, que finalmente pudo sentir de vuelta el gozo de Dios (Salmo 51). Fue al confesar su pecado, al romper con la mentira, al tomar la valiente decisión de decir la verdad, que se hizo libre otra vez. La verdad lo hizo libre.

      Jesús dijo ser el camino, la verdad y la vida. Si Él es el camino para llegar a Dios, y al mismo tiempo es “la verdad”, significa que “la verdad” es también el camino para llegar a Dios. Busca la verdad y estás dando un gran paso más cerca de Dios.

Por Fernando Castro

Aprender a escuchar



Dicen los doctores que trabajan con sordos, que todos podemos oír, que incluso los sordos pueden oír en algún grado (aunque sea muy mínimo). No me consta, lo que sí sé es que hoy día casi nadie sabe escuchar.

       En la nueva sociedad en que nos ha tocado vivir, es muy difícil encontrar a alguien que sepa escuchar firmemente a la persona con quien se encuentra. Podemos poner muchas excusas, “es que estoy ocupado”, “es que me están hablando” o incluso “tú sigue, sí te oigo”; pero la realidad es que se ha perdido grandemente el respeto que se merece la persona que habla.

        Los cristianos no solemos (o no deberíamos) hacer cosas nomás porque sí, es importante que sepamos si lo que hacemos va de acuerdo con la palabra de Dios. Por tanto podríamos preguntarnos ¿De verdad es importante escuchar a otros? ¿No será algo irrelevante? ¿De verdad le interesa a Dios que escuchemos a los demás, o le da lo mismo?

       La respuesta se encuentra siempre tan clara como el agua; “Sí”, a Dios le importa tanto el que escuchemos, que Cristo nos puso también el ejemplo.

       Cada vez que alguien se encontraba con Jesús, era recibido con los oídos atentos y no con la boca atacante. Cristo escuchó con paciencia a todo aquel que se le acercaba a contarle sus penas, cualquiera que le contara sus dolores, sus discapacidades o sus desgracias era escuchado. Escuchó al muchacho rico que se le acercó a preguntarle qué le hacía falta para llegar al reino de Dios; escuchó a la mujer samaritana con la que ningún judío quería hablar; escuchó al paralítico del estanque de Betesda que no tenía quién lo llevara; Jesús escuchó incluso las cosas que nadie quería escuchar, a los cobradores de impuestos, las prostitutas y hasta a los niños.

       Todo lo que la gente no quería ni oír, Jesús lo escuchó. El problema es que hoy día, tenemos como sociedad un cáncer llamado tecnología, el cual se hace presente mayormente por medio de los celulares y tabletas.

       Es cada vez más común salir a la plaza, al mercado, por comida o a donde sea y ver familias enteras que no se voltean a ver entre sus integrantes por estar atrapados en la tecnología. A tal grado ha llegado la dependencia por la tecnología que incluso manejando puede uno ver a otros conductores usando el celular al mismo tiempo.

       Lamentablemente, el hablar no se ha escapado de este problema, y a diario podemos ver gente que cree estar escuchando a otra persona, pero está conectada en el celular, o revisando cosas allí.

       Pero la tecnología no es la única culpable del problema auditivo que presentamos. Cosas más simples como el creer que tenemos cosas más importantes que hacer nos roban el tiempo y nos llevan a cortar la plática de la otra persona.

       Creo firmemente que todos los problemas que nos alejan del placer de escuchar tienen su origen en el simple desinterés. Por más ocupado que estés, si lo que te dicen es de nuestro interés, siempre podemos hacer un espacio para escuchar; pero al no serlo, ponemos diversas excusas para no hacerlo.

       Es irónico que por otro lado, es cada vez más obvio el deseo innato que todos tenemos de querer ser escuchados. Los niños (y muchos adultos también) hacen cada vez más tonterías con el fin de llamar la atención. Los movimientos sociales, fanatismos y hasta las manifestaciones, son la consecuencia de no haber sido escuchados en su momento. Los “facebook”s están llenos de cosas ridículas y sin sentido que la gente comparte como “voy al baño, ahorita vuelvo”, como reflejo de su deseo de ser escuchados. 
       Por todo esto es que Dios nos puso el ejemplo de escuchar ¿Cómo hacer? La próxima vez que alguien quiera hablar con usted, préstele atención, interrumpa lo que esté haciendo para atender a la persona; olvídese del celular unos momentos; mire a la persona y no se quede viendo a otros lados; tome en cuenta que la posición corporal dice mucho, colóquese en una posición que indique que está escuchando. Haga también, preguntas y comentarios que orienten la conversación y le hagan saber al otro que lo está escuchando. 

       Sobre todo, no ignore a la persona sólo “porque ya sé lo que va a decir”. Cristo conocía el corazón de cada persona con que habló, y sabía de antemano lo que diría, pero eso no evitó que los escuchara firmemente. En ocasiones la gente sólo necesita eso, ser escuchados.  


Por Fernando Castro

jueves, 12 de febrero de 2015

Frutas y la biblia

Génesis 1:29 “Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.”

       Las verduras y frutas son alimentos que Dios creó desde un principio, específicamente en el tercer día de la creación (Génesis 1:11-13), como ves, no son alimentos nuevos creados por el hombre. Dios creó estos alimentos desde un principio con un propósito, no sólo para que la tierra se viera más bonita y llena de color, sino que estos alimentos nos fueron dados para proporcionarnos energía, vitaminas y minerales que necesitamos para vivir; incluso cuentan con propiedades curativas que eran conocidas en el Antiguo Testamento y que hasta la fecha siguen siendo utilizadas.

       De todas las creaciones de Dios, no creo que haya cosa más dulce y agradable para el consumo del hombre que los frutos creados especialmente para nosotros, para nuestro paladar. Así como relata en Génesis 1:12, Dios creó toda hierba que da semilla, y todo árbol que da fruto, y vio Dios que esto era bueno.

       Mira cuan buenos estos alimentos son que Dios los creó para que nosotros pudiéramos consumirlos y con ello sentirnos bien, energéticos y saludables ¿por qué entonces no habríamos de incluir estos frutos en nuestra alimentación diaria? Claro recordando que todo alimento por más bueno que sea tiene su ración específica en el plato de cada persona, pues todo en exceso puede llegar a ser tóxico para nuestro organismo.

       Vamos a adentrarnos un poco a estos frutos y verduras que son mencionados en la Biblia, y algunas propiedades de ellos:

-Uvas, la Biblia las menciona en Génesis 40:11, Génesis 49:11, Números 13:20, 23 Apocalipsis 14:18.

       En Números 13:20 por ejemplo, habla de cómo Dios mandó a Moisés enviar a espías de cada tribu a la tierra de Canaán para que observaran como era la tierra ahí y tomaran fruto de ahí, de entre los frutos que llevaron fueron uvas, granadas e higos. Se puede ver en este pasaje como estos frutos eran parte de la dieta regular del pueblo escogido y de cómo había una temporada para cada fruta. La uva es recomendada para problemas cardiacos, ya que hace que la sangre circule de manera más fluida, también es rica en hierro por lo que es recomendable en casos de anemia por falta de hierro.

-Granada, este fruto, que es una de las mejores fuentes de antioxidantes, se menciona en Números 13:23, Cantares 4:13, Cantares 6:11, y es importante porque aquí vemos como la fruta en general es algo atractivo al gusto, al olfato, incluso a la vista. El uso de la granada es indicado en diarreas infecciosas, cólicos intestinales, acidez de estomago, anemia, arteriosclerosis e hipertensión.

-Olivas, o aceitunas, son frutos que son contados como grasas (grasas “buenas”), las encontramos en Éxodo 27:20, 2 Reyes 18:32, por las propiedades de su aceite, son recomendables en problemas de la vesícula, por ejemplo las piedras en la vesícula, y por ser ricas en fibra, tienen un efecto laxante por lo que son buenas en caso de estreñimiento.

-Manzanas, mencionadas en Éxodo 37:22, Proverbios 25:11, Cantares 2:5. En el libro de Éxodo podemos ver como estas frutas eran parte del diseño del tabernáculo que Dios mandó a Bezaleel hacer. Este fruto actúa perfectamente en diarreas o colitis, pues funciona como una esponja que absorbe y elimina las toxinas producidas por bacterias en estos padecimientos mencionados, también es eficaz en estreñimiento, e hipertensión.

-Higos, 1 Samuel 30:12, 2 Reyes 20:7, Mateo 7:16. Un muy buen ejemplo que podemos ver en la Biblia de las propiedades curativas de estos frutos es en la historia del Rey Ezequías en 2 Reyes 20:7, cuando el rey enfermó de una llaga que ponía en riesgo su vida y que los médicos no podían curar, el profeta Isaías le aconsejó diciéndole que preparara una masa de higos y la pusiera sobre la llaga, y hoy día se sigue empleando esta técnica para todo tipo de llagas y heridas, pues el liquido que se extrae de este fruto funciona como antiinflamatorio, también tiene propiedad antiinfecciosa, calman la tos, suavizan las vías respiratorias; es recomendado en casos de bronquitis, o gripe.

-Pasas, vemos su uso en 2 Samuel 16:1, 2, Cantares 2:5. Este fruto es mucho más rico en hierro que la uva normal, incluso llega a superar a la carne de cordero, por lo tanto es muy recomendable en anemia.

       Como podemos ver, por estas y muchas más propiedades, estos alimentos verdaderamente son una bendición de Dios, y nos los dio para nuestro consumo y mantenimiento, como lo menciona en Génesis 9:3 “Todo lo que se mueve y vive, os será para mantenimiento: así como las legumbres y plantas verdes, os lo he dado todo.”

       Y ahora que estamos en temporada de invierno, que mejor que hacer uso de los frutos de temporada aquí en Mexicali, que curiosamente son los ricos en vitamina C, como la guayaba, la naranja, mandarina, o kiwi. No cabe duda que el tiempo perfecto de Dios se manifiesta aun en detalles como estos, que nos da las frutas necesarias para esta temporada en que más se presentan enfermedades como la gripe o resfriado.

        Como un último consejo: Tengamos cuidado de lo que comemos, seamos cuidadosos de lo que le damos a nuestro cuerpo, y tengamos en mente este pasaje “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.” (1 Corintios 10:31). Recordemos que el deber del cristiano es diferenciarse de la manera de vivir del mundo, y esto también abarca la alimentación; pues así como hay alimentos que nos pueden beneficiar, también hay los que nos pueden perjudicar gravemente. No nos dejemos influenciar por lo que hoy día se le llama alimento. No olvidemos que la mitad de nuestro plato de comida deben ser las verduras y las frutas.

Bárbara Garibay

miércoles, 11 de febrero de 2015

Hablando con Dios

   
    Actualmente hay personas que, debido a tradiciones generacionales en las que les enseñan a hacer vanas repeticiones carentes de sentido y significado en sus vidas, no han tenido la oportunidad de conocer a un Dios real, es decir, lo han dejado en el plano supremo, de tal manera que pareciera nunca tener acceso a Él, sin embargo, Jesús tomó forma de hombre, y nos enseñó una manera de conocerlo y seguir en contacto, Él es el vínculo perfecto por medio del cual podemos tener acceso y comunión.

       Es increíble todo lo que puede suceder cuando decidimos creerle a Dios y al poder de la oración. La oración es la acción de comunicarnos con Dios, es expresarle todo aquello que salgade nuestro corazón; consiste en tener una plática amena con tu mejor amigo, esa plática confiada que puedes tener a cualquier hora del día, y sobre cualquier situación que inquiete tu interior.  

       Déjame decirte que Dios no es un ser lejano, Él está siempre contigo, dirigiendo cada aspecto de tu vida a cada instante, te está acompañando y respaldando, conoce tus necesidades y las peticiones de tu corazón y, aunque a veces no te acuerdes de guardar un instante para platicar con Él, o a sabiendas decides en vez de hacerlo acostarte, ver televisión o jugar “Candy crush”, Él sigue siendo fiel y está preparado para escucharte y apapacharte en su presencia. La oración con fe abre puertas

donde no las hay, genera oportunidades para los hijos de Dios, trae sanidad, trae poder, trae salvación y victoria.

       Orar no significa “impresionar” a Dios con un amplio lenguaje, con frases sonoras que generen melodías, no es repetir lo que no entiendas, no es simular un sentimiento. La verdadera oración va más allá de características humanamente comprensibles, es tener la convicción y disposición de agradar a Dios con tu vida, que cada palabra que salga de tu boca sea una alabanza y olor grato a Él, es complacerlo, glorificarlo y permitirle que trabaje en ti. Es tener una relación íntima con tu Creador, conocerlo y vivirlo, conscientemente hacerlo partícipe de cada área y aspecto de tu vida, reflejarlo en la escuela, en el trabajo, en todo lugar, que Él resplandezca y todo empiece a tener sintonía.

       Platicar con Dios es tan sencillo que puedes hacerlo en cualquier momento del día, en la mañana al levantarte y ver el nuevo amanecer, mientras te arreglas, cuando vas en el carro camino al trabajo, al llegar a tu casa con bien y degustar los alimentos, al disfrutar un momento de paz y tranquilidad durante tu rutina… siempre hay momentos para platicar con Dios y agradecer, aunque Él ya sabe cada detalle de nuestra vida, está deseoso de impactarnos de otra manera al adentrarnos en su presencia; la comunicación se da a partir de la interacción de dos individuos, así que Dios es experto en responder. Recuerda lo que nos dice Pablo en Filipenses 4:6-7.... Bendiciones.  

Por Maribel Sánchez